ALMAS
DE CUATRO PATAS
En el amor desinteresado de un animal, en el
sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con
frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil
fidelidad del Hombre natural.
Edgar Allan Poe.
Cuando le dijeron a Don Alejandro Riaño y a
su familia, que los iban a dejar dos minutos solos para que hablaran en
privacidad, él soltando varias lagrimas llenas de sentimiento y dolor
respondió: “No mejor hágalo ya” y se dio vuelta soltando nuevas gotas que
brotaban de sus ojos con un triste semblante. Mi madre Betty, quien era testigo
del hecho, conmovida por el llanto de Alejandro derramo algunas lágrimas
también.
El día era bastante frío, el cielo vestido con un manto gris sobre todo el firmamento, el pasto bastante húmedo acompañado de
tierra fangosa, un aire con olor a tristeza y a campo, provocaban que la imagen
se hiciera más melancólica. Llegó un visitante, que a diferencia de todos los
que nos encontrábamos allí, se veía
mucho más feliz, sin importar que estuviera embarrado se movía de lado a lado, hasta que llegó a donde yo me encontraba, me miro de arriba abajo, me dio
vueltas como buscando cualquier cosa que pareciera sospechosa, me olfateo, tuve
que quitarme para que no me ensuciara, y hasta me ladró, era “Negro” uno de los
perros que cuidaba aquel lugar.
Paladas de tierra comenzaron a caer sobre el
ataúd de Coby Riaño, esta era la razón del llanto de Alejandro y doña Irma (su
esposa), sus pelos ya pintaban algunas canas, como lo dice el famoso cantautor
mexicano Vicente Fernández, ambos, calculo yo, de unos 60 años más o menos,
distanciados en aquel momento, pero unidos por un mismo sufrimiento, la muerte
de Coby, su hijito, quien un día inesperadamente no volvió a levantarse de su
cama, ni siquiera, volvió a abrir los ojos. En frente de la tumba de Coby se
encontraba otra también muy reciente, apenas un día atrás el 15 de septiembre
del 2012, y respondía al nombre de Mateo Sánchez. Vi también las tumbas de
Ruffito Vanegas Torres, muerto el 10 de abril de 2010, la de Nácar Castro Gómez
muerto el 7 de noviembre del 2010. Estas y todas las demás tumbas muy bien
cuidadas recordadas y adornadas en esos pequeños espacios de 60 centímetros por 60 centímetros,
aunque existían otras más grandes, como
la de Plutto, o la de Bebé, o la de bethoven, decoradas casi todas con
remolinos de viento, pelotas, peluches, o huesos de juguete, como en la tumba de
káiser el pastor alemán. Pues este no era un cementerio normal, de humanos no
era, este era un cementerio de almas de cuatro patas, un cementerio de
mascotas.
Los remolinos se movían incesantemente
cumpliendo fielmente su misión de dejarse llevar por el viento, algunos
sonajeros apenas susurraban su bulla movidos por el mismo viento de los
remolinos, muchas pelotas de colores, algunas blandas otras duras, algunas
dañadas, algunas conservadas, algunas que al espicharse suenan, y otras que al
espicharse escurrían agua helada. Otras ,pero no muchas, tumbas estaban
decoradas con figuras esculpidas en mármol a imagen y semejanza de los
ocupantes de aquellos mausoleos, tan bien hechos que podría creerse que en
cualquier momento saldrían tras una pelota de goma, o a jugar y revolcarse con
otros animales, o a olfatear el suelo, o salir corriendo al encuentro emotivo
nuevamente con su amo, para ir en busca de nuevas aventuras y experiencias
llenas de alegría, que al final se trasforman en recuerdos dolorosos provocando en los ojos de los dueños una cascada de lágrimas.
Funeravet es el lugar donde nos encontramos,
es el cementerio de mascotas, funcionando desde el año 2001 y ubicado a kilómetro y medio del municipio de La Calera, a sólo nueve kilómetros de
Bogotá, que oscila entre los 2600 y 3000 metros sobre el nivel del mar, con
doscientos cuarenta años encima, y con más de 23.308 habitantes menos uno, uno
que era directo de mi familia y que dejo allí una historia aún recordada
vagamente en el pueblo, mi tio-padrino Rafael Rodríguez, quien era párroco en La Calera y en el año 2005 desapareció sin dejar rastro. A este pueblo volvíamos
con mi familia llenos de sentimientos encontrados, pues cuando Rafael se
encontraba allá, viajábamos cada ocho días a estar en su misa y a pasar el tiempo con él, pero esta
vez los motivos eran diferentes: uno de ellos era la experiencia de visitar
este particular cementerio y la otra razón
era que aprovechando la celebración del día del amor y la amistad, quisimos compartir un buen almuerzo juntos en algún
restaurante del pueblo. Como por salir de la rutina.
El cementerio se encuentra muy bien
organizado, nada más con un leve vistazo se alcanza a divisar la totalidad del
terreno y la totalidad de las tumbas que alcanzan una tercera parte del total
del campo santo. Es un lote de 250 metros cuadrados en que están durmiendo
eternamente en camas de un metro de profundo, alrededor de mil almas de
animales que han abandonado este mundo y que han llegado hasta aquí para
recibir un último adiós y un lugar digno de sus restos, en el cual son
merecedores de una velación, de un sepulcro único para cada uno, un lugar especifico
en el que pueden ser visitados y recordados como normalmente pasa con los
cementerios de humanos, así es este lugar, una viva imagen de un cementerio de
humanos, pero pensado para, los hijos, los amigos, los familiares, los amores,
sostenidos alguna vez en cuatro patas.
Rosa una perra de
raza, que comúnmente decimos los colombianos “criolla”, tierna, atenta, que le
gustaba estar metiéndose en todo, mientras su amo se disponía a leer o a
escribir ella aparecía para observarlo muy de cerca, a veces aparecía
trepándose por todos lados y obstaculizando la vista de su dueño, como
queriendo saber que era lo que se ponía a hacer. Cuando él iba al baño
tenía que hacerlo con cierto sigilo para poder encerrarse evitando que Rosa
corriera a incomodarlo en ese momento. Juan Martínez era el dueño de Rosa, y él es periodista, por eso decía que Rosa era periodista también, debido a ese
espíritu que tenía de estarce metiendo en todo lado, averiguándolo todo,
siguiendo cada rastro, cada ruido, cada olor.
No solo ex-compañeros de cuatro patas se
enterraban en aquel lugar, también animales de dos patas, y algunos de ninguna,
esta parte del cementerio la vi mientras caminaba con Raúl p y
en algún momento, mientras me contaba la parte de su vida en la que se dedicaba
a incinerar los perros callejeros, me señalo un costado en el que estaban: Pelusa,
Copito, Piti, Baster. Más directamente una gata, un conejo, un toche, y un pez.
Mascotas que, como los perros, fueron la compañía de algún ser humano para el
que significaron más que un animal, era un amigo, era un familiar, que bien
fuera con sus cuatro patas brindaba un abrazo en el momento indicado, con su
espalda siempre disponible para ser acariciado y tranquilizar como lo hacen las
pelotas anti estrés, esas que se pueden espichar y vuelven a su forma, o que
con sus cantos te llenan de alegría la vida, o te distraen e hipnotizan con su
armonioso modo de nadar entre una esfera de cristal.
Son muchas las experiencias que se tiene al
pasar por cada una de las tumbas, la imaginación vuela tratando de entender y
representar las palabras plasmadas en cada epitafio de estos seres, llenas de
un amor sincero e inmenso. O, detenerse a mirar que si bien las mascotas no
fueron famosas, sus nombres sí, como Beethoven, Rihanna, Fergie, Pluto, o
Shakira; otros muy humanos, Mateo, Simón, Darío; Unos muy perrunos Sasha,
Kaiser, Motas, o Perritina; unos simplemente Bebe y otros como parte de una
buena receta necesaria en la vida, Tomillo.
La familia de Coby se iba
alejando de la tumba, dando vistazos hacía atrás como queriendo no dejarlo ahí sepultado, o mejor, como no creyendo que su compañero fiel esta vez no
iba a correr detrás de ellos, para alcanzarlos y volver a casa, como si solo se
tratara de un paseo más de los que acostumbraban hacer.
También yo me retiraba de este particular
lugar, lleno de emociones que realizan parábolas entre la sonrisa y las lágrimas
que seguían cayendo como la lluvia de esa tarde, cuando las personas recordaban los momentos
vividos con estos seres casi humanos, que se despedían de carne y hueso, pero con sus recuerdos vivos en aquel cementerio.
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